Quien todavía dude sobre el trabajo invisibilizado y en el cual se sustenta el mercado, voy a escribir unas lineas inspiradas, hoy, en un texto que encontraréis aquí de Corina Rodríguez Enríquez. Además, hoy, voy a pensar con lógica de mercado con la que no soy afín, básicamente por la falta de perspectiva y creatividad de quienes la dirigen y obedecen.
En las normoestructuras familiares establecidas, es decir, dos personas adultas en pareja con descendencia y ascendencia a cargo, o no, conviviendo bajo un mismo techo; existen negociaciones en la división del trabajo y en el aporte monetario en el mismo. Sólo una porción de la fuerza de trabajo disponible se vende en el mercado.
Traduzco para quienes crean que uso un vocabulario demasiado rocambolesco, aunque imprescindible para prestar atención a algunos matices: socialmente se entiende como normal una pareja que convive con personas dependientes; en ese hogar, se come, se duerme, se hace la compra, se escucha y se consuela, se juega, se administra el presupuesto familiar, se ayuda a hacer los deberes, se cambian pañales, se limpia y se vende la fuerza de trabajo a cambio de un trabajo remunerado; pero otra gran parte de la fuerza de trabajo, como hemos visto, no se vende; no se valora monetariamente.